Toledo in literature

Toledo es una ciudad que histórica y geográficamente ha estado siempre rodeada de hechos importantes y notorios.

Ha sido centro neurálgico de diferentes cortes reales y por su importancia en la vida política, social y cultural a lo largo de los siglos, siempre ha resaltado como referente en todas las artes, en concreto en la literatura, una de las más prolíficas a la hora de retratar en verso o prosa, los encantos, los escondites o las penas de esta urbe monumental.

En este repaso por los autores que han basado su vida o su obra (o parte de ellas) en Toledo, le dedicamos un momento a revivir la historia de la ciudad a través de la tinta que sobre ella se ha recitado.

Son autores y títulos, que conviene revisar. No son todos los que en realidad fueron, pero son muchos de los que estuvieron...

Alfonso VI y Alfonso X

Aún a riesgo de que parezca, que empezamos con un error, lo hacemos con dos reyes, que a pesar de su condición y no engrosar nómina alguna de autores literarios, no podemos más que reconocer la importancia que su figura, ligada a la de Toledo, han tenido en la literatura de de la Edad Media.

Además, por distintas razones, ambos son precursores, inspiradores o contemporáneos en su defecto de grandes escritos de la época.

En torno a la figura de Alfonso VI, surge el Cantar del Mío Cid, que ya retrata a Toledo como el refugio de Alfonso derrotado por su hermano Sancho y en épocas posteriores, el Cantar de Roncesvalles (s. XIII), también ofrece a la ciudad como exilio forzoso para Carlomagno, sin olvidar la contribución a la historia del Décimo Alfonso, con la recopilación de La Crónica General, primer resúmen histórico del pasado de España.

Don Juan Manuel

Se trata de uno de los principales representantes de la prosa medieval de ficción, sobre todo gracias a su obra El Conde Lucanor, conjunto de cuentos moralizantes que se entremezclan con varias modalidades de literatura sapiencial.

Por ser hijo del Señor de Escalona y Villena, Don Juan Manuel fue criado como Infante y su educación fue de noble, condición que nunca abandonó como caballero de la época, compaginando su actividad literaria con la social de la corte.

En El Conde de Lucanor, su obra más importante, es una recopilación de cuentos, basados en diferentes fuentes, que centra uno de ellos en la ciudad, "historia del Deán de Santiago y el mago de Toledo".

De este cuento dice el filológo Max Muller, que tiene semejanzas a muchos cuentos de la tradición japonesa.

Arcipreste de Hita

El Arcipreste de Hita cita Toledo tres veces en su Libro del Buen Amor. El ficticio narrador, al que se llama también don Melón de la Huerta a veces comparte un tiempo con personajes reales como el Cardenal Gil de Albornoz, quién ordenó a Juan Ruiz, nombre del Arcipreste.

También en la aventura de Don Carnal y Doña Cuaresma, su visita a la aljama de Toledo, nos sitúa de nuevo en la ciudad, para ver a los carniceros y rabinos, invitándo al personaje a pasar un "buen día".

De esta obra se conservan tres ejemplares de los manuscritos de su primera edición (en los códices de Toledo, Salamanca y Gayoso), lo cual indica que fue un texto que tuvo mucha difusión en su época.

Del estudio de sus escritos, los historiadores deducen que además de cursar estudios en Toledo, fue arzobispo de la ciudad, aunque lo único seguro es que supo plasmar la multiculturalidad de que ostentaba la urbe.

Fernando de Rojas

Llegado el siglo XV, nos encontramos Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera, autor de Corbacho o reprobación del amor mundano ya en 1438, obra que, por el tema y el empleo del habla popular es considerada precursora de la Celestina.

Obviamente no podríamos dejar fuera de esta lista a Fernando de Rojas, tan vinculado con Talavera de la Reina y la Puebla de Montalbán pero que refleja la vida de una ciudad que tiene mucho de Toledo y, además se escuda en atribuir la autoría del primer acto de la obra al toledano y converso como él Rodrigo de Cota.

Garcilaso de la Vega

Con letras de oro entra en la literatura el caballero y poeta, Garcilaso de la Vega (1503-1536), que ha pasado a la posteridad como prototipo del caballero renacentista, según el modelo propuesto por Castiglione en El Cortesano: heroico soldado, exquisito caballero, ávido lector y refinado poeta.

Su obra es considerada como ejemplo de clasicismo renovado y gira en torno a la milicia y a la vida amorosa que apresuradamente le tocó vivir, antes de su prematura muerte en la guerra con Francia. Es el primero y más grande de nuestros clásicos, el que marca una ruptura formal y temática con la literatura basada en el romance y poema épico, introduciendo las estrofas y los metros italianos y la ideología petrarquista.

El paisaje en su obra resulta arcádico, pero instalado rigurosamente en sus predios manchegos de Toledo, al margen del río Tajo.

Anónimo Lazarillo

Si ya se ha visto el nacimiento en Toledo del primer teatro en castellano o la primera poesía moderna, también se gesta aquí la primera novela picaresca, Vida de el lazarillo de Tormes, escrita en la primera mitad del siglo XV.

Sin entrar en la polémica de la identidad física de su autor, no cabe duda que era toledano, por nacimiento o vecindad, ya que no escatima detalles de Toledo, su gente y sus pueblos. Y no son sólo descripciones de lugares, sino un rico fresco costumbrista.

Tras pasar aventuras en Escalona, Torrijos y Maqueda, con la herida en la cabeza aún fresca, el protagonista dio en Toledo con la ronda de Pan y Huevo, que habrá de socorrerle tres o cuatro días. Con el alba rondaba por mercados de abastos y por Zocodover donde conoció a un hidalgo que habría de ser su nuevo amo. Entró a oir misa "a la Iglesia Mayor" por la Puerta del Reloj y salió por la Puerta de los Leones, que aún no habían nacido. La obra discurre así, en varios pasajes por la Ciudad Imperial.

Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús

No fueron toledanos, sino residentes temporales los tres grandes escritores relgiosos que volvieron a revolucionar la literatura, la religiosidad y la vida conventual en España: Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

El primero se formó en el desaparecido ya Colegio de los Agustinos, al lado de la Puerta del Cambrón.

Más de un verso de San Juan de la Cruz fue inspirado por el aislamiento forzoso que sufrió en el desaparecido Convento del Carmen, por encima del Puente de Alcántara. Su huida de la celda de aislamiento, tan verdadera como inverosímil, le llevó a buscar cobijo en el Convento de San José, fundación de Santa Teresa.

Aunque ella naciera en Ávila, su abuelo paterno, Juan Sánchez de Cepeda, fue judío converso toledano. La Santa viene a Toledo en 1562, para consolar a doña Luisa de la Cerda, viuda reciente. Pero resultará una relación intensa y afectiva y de enorme interés literario. Aquí fundará conventos, escribirá libros, cartas, y permanecerá recluida durante año y medio, cuando acaba el libro de Las Fundaciones y empieza el de Las Moradas o Castillo interior. Amén de redactar una gran parte de su Vida y un número abultado de Cartas.

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra, convertido en uno de los autores más universales de todos los tiempos, también venía a Toledo, sobre todo tras su boda con Catalina de Salazar y Palacios, en Esquivias en 1584.

Sin aludir a la importancia que tenía Toledo para cualquier artista que se preciara, Cervantes tuvo motivos materiales para acudir a la ciudad, ya que administraba una casa por la Plaza del Andaque, propiedad de su suegro.

Hace referencia a Toledo en muchas obras, como Rinconete y Cortadillo, La Galatea, El Licenciado Vidriera. En Alcaná de Toledo adquiere el famoso cartapacio con el texto árabe con las aventuras de Don Quijote, del que dice ser mero traductor... Su novela ejemplar La ilustre fregona ofrece viva descripción del ambiente pintoresco de la toledana Posada del Sevillano donde se sitúa la acción, siendo el lugar identificado en el fondo de la calle que lleva el nombre del escritor, y en cuyo arranque, debajo del Arco de la Sangre, se colocó recientemente su figura en bronce. De Los Trabajos de Persiles y Segismunda provienen los versos más citados que Cervantes dedica a Toledo, esa "peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades".

También el Quijote apócrifo, el de Avellaneda, libro pastiche del gran original, publicado en 1614, acaba en Toledo, ya que el protagonista es encerrado en lo que hoy llamaríamos hospital psiquiátrico, el Nuncio Viejo.

Tirso de Molina y Calderón de la Barca

Literariamente conocido como Tirso de Molina en 1606 empieza en Toledo su creación teatral, y firma primeros contratos de obras para representar.

Entre 1611 y 1616 reside nuevamente en Toledo y compone La Villana de la Sagra, La Ninfa del Cielo, y las tres partes de Santa Juana, sobre una monja clarisa de Cubas, considerada santa por la gente, aunque nunca llegara a ser canonizada por el Vaticano.

La más toledana es su obra en prosa Cigarrales de Toledo, que inmortaliza estas fincas de recreo y residencia veraniega.

Probablemente en Toledo nace la primera versión del El burlador de Sevilla y convidado de piedra, origen del universal mito de Don Juan. En el Corpus toledano se representa su Auto sacramental Los hermanos parecidos, aprovechando la existencia de dos actores gemelos de Valencia para representarlo. En el corral del Mesón de la Fruta se estrena la comedia Don Gil de las calzas verdes.

El gran dramaturgo, Pedro Calderón de la Barca, también residía en Toledo cuando obtuvo la capellanía de los Reyes Nuevos en 1653, tiempo que aprovechaba para escribir autos y comedias, trasladándose frecuentemente a Madrid, para cuidar su puesta en escena.

Aún se pueden ver en Toledo representaciones de El mágico prodigioso, auto sacramental escrito en 1637 para las celebraciones del Corpus Christi de la localidad de Yepes. Con la habitual carga filosófica, la obra combina elementos del mito de Fausto con episodios de las vidas de los mártires Cipriano y Justina, sin que falten escenas con reminiscencias a la comedia de enredo del Siglo de Oro.

Quevedo

Quevedo también solía venir a Toledo, ciudad que aparece en el Buscón, novela picaresca publicada en 1626, cuando don Pablos, mal parado en varias desventuras, por amor una farandulera entra en una compañía de cómicos, como actor y luego autor de comedias en Toledo.

Disuelta la trouppe, se pone a cortejar a monjas toledanas y tras quitar el dinero a una de ellas, huye a Sevilla.

Lope de Vega

También Lope de Vega residió un tiempo en Toledo, como secretario del marqués de Malpica, y sus obras se representaban en el Mesón de la Fruta y con una localidad toledana está vinculada la obra Peribáñez y el Comendador de Ocaña.

Antes y después de su destierro, también pasó largas tempordas en la ciudad a orillas del Tajo.

Luis de Góngora

Luis de Góngora vino a conocer las fiestas del Corpus de Toledo y a su pintor, el toledano de adopción y cretense de nacimiento, Domenicos Theotocópulos, El Greco.

Consideró a la ciudad como roca precipitante que ha mucho tiempo se viene abajo y al artista le dedicó un excelente soneto. Su comedia Las firmezas de Isabela (1610), se relaciona con Toledo.

Lope de Vega se encargó de dar la noticia de su muerte en 1627 a los literatos de Toledo, que le dedican un funeral en la iglesia de San Andrés. Al poco de morir contó con prestigiosos comentaristas, como antes Garcilaso y los poetas griegos y latinos.

Gustavo Adolfo Bécquer

Otro romántico, Gustavo Adolfo Bécquer pasa en Toledo los años que siguen al derrocamiento de Isabel II.

De su proyectada gran obra, Historia de los templos de España, sólo se publica el primer tomo, el correspondiente a Toledo. Fruto de sus tres primeras visitas es la leyenda Tres fechas.

El año de su propia boda, 1861, publicó La ajorca de oro, tan relacionada con la Virgen del Sagrario. La iglesia de San Pedro Mártir inspiró la leyenda de El beso. La rosa de la pasión y El Cristo de la Calavera recogen tradiciones toledanas más antiguas.

Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós en Toledo encontró el escenario idóneo para el desarrollo de algunas novelas, como El audaz (1871), Los Apostólicos (1879), Un faccioso más y algunos frailes menos (1879) y Ángel Guerra (1891).

Para elaborar esta última novela pasó largas temporadas en Toledo, asesorado por el famoso cervantista Navarro Ledesma y el gran pintor de Toledo, Ricardo Arredondo.

Generación del 98

Navarro Ledesma le dedica su obra maestra El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. En la memoria colectiva, su figura queda difuminada por la de su hijo, el pensador José Ortega y Gasset. El mencionado Navarro Ledesma se dedicó también al periodismo y a la crítica literaria, fue también director del Museo Arqueológico de Toledo. Alguna de sus novelas fue premiada en el concurso de "Blanco y Negro". Coetáneo de los hombres de la famosa generación "del 98", fue amigo de unos y polemista con otros.

Azorín y Baroja, ambos de procedencia "periférica", visitaron Toledo en diciembre de 1900 y lo utilizaron en varias ocasiones como materia literaria. Baroja escribe sus impresiones en una revista, pero luego le cede la experiencia a Fernando Ossorio, el protagonista de su Camino de perfección, a lo largo nada menos que once capítulos de la novela. El entonces predominante en Toledo ambiente sombrío y triste ahondará en el carácter depresivo del protagonista. Azorín recoge su viaje en uno de los capítulos del Final del siglo XIX y principios del XX, en el Diario de un enfermo que, de algún modo preludia la Voluntad, donde también es escenario psicológico y motivo de reflexiones bastante pesimistas sobre el estado de España.

Ambos escritores vuelven con un grupo de periodistas en 1903 para homenajear a Larra en el cementerio de la Ermita del Cristo de la Vega y en 1914 en el tricentenario de la muerte de El Greco, descubierto por Baroja para los jóvenes intelectuales castellanos.

Ambos aluden a los mismos lugares e incidencias presenciadas en la ciudad. No son más alegres la impresiones de Unamuno de sus visitas a Toledo, reflejadas en sus poemas del Cancionero inédito, en los que refleja la postración en que quedó la ciudad con la llegada de la monarquía borbónica y la ve sumida en un sueño eterno.

Tampoco es muy optimista Valle-Inclán, profundamente impresionado por el "poder místico" de Toledo, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Cuán diferente sería el tono del recuerdo que dedica el poeta Luis Felipe Vivanco a la ciudad de su más tierna adolescencia en Los ojos de Toledo.

Blasco Ibañez

Quien sí utiliza Toledo, y muy especialmente su catedral como materia literaria, fondo y réplica para su discurso ideológico es Blasco Ibáñez. La catedral es el marco físico y social en su novela del mismo título.

El valenciano tuvo que conocer a fondo tanto los detalles físicos del templo, como el ambiente del personal adscrito, eclesiástico y civil, la gente que vivía formando una comunidad cerrada de las claverías del claustro catedralicio.

En ellos simboliza la decadencia social y moral de la España del momento, el pasado inmovilista que impide cualquier cambio. Sin entrar en la ya muy desactualizada problemática ideológica de un revolucionario intelectual condenado al fracaso, la novela es una excelente guía artístico-literaria de prácticamente todas las dependencias y obras artísticas de la catedral primada, con sus historias, leyendas y tradiciones.

Lorca y los amigos del 27

También Federico García Lorca vino varias veces a Toledo, invitado por el doctor Gregorio Marañón. En el "Cigarral de Menores" leyó Bodas de sangre antes de su estreno y más tarde Yerma.

A pesar del carácter bastante lúdico y divertido de sus visitas, la impronta de Toledo quedó patente en sus obras posteriores. De la filmografía de Buñuel baste citar Tristana, enteramente rodada en la ciudad.

El siglo XXI y más...

Fue cuando Clemente Palencia Flores llegaba como profesor del Instituto, antes de ser Archivero Municipal y Cronista Oficial. Sigue viva entre los toledanos la memoria del gran orador, ameno y comprensivo profesor, intérprete de textos paleográficos, erudito con inquietudes de sabio y poeta que obtuvo por sus sonetos Flor Natural en los Juegos Florales de 1956. Murió en abril de 1989.

Cierra simbólicamente el siglo XX el original relato El verano de la linterna mágica, de Fernando Martínez Gil, en el que advierte en clave de aventura juvenil del peligro de perder de modo irreversible el valioso legado del pasado. No lo ve así Jorge Guillén, parafraseando a Cervantes y a Góngora:

“La peñascosa pesadumbre estable
Ni se derrumba ni se precipita,
Y dando a tanta sigla eterna cita
Yergue con altivez hisopo y sable.
¡Toledo!
Al amparo del nombre y su gran ruedo
-Toledo. ‘quiero y puedo’.

Toledo y sus personajes siguen inspirando las novelas del siglo XXI: La Comunera: Maria Pacheco, una Mujer Rebelde, de Toti Martínez de Lezea, Azarquiel, el astrónomo de Toledo, de Mariano Calvo, Maestro Theotocopuli, de Mariano Serrano Pintado, Veinte años y un día, de Jorge Semprún, por mencionar sólo algunos.

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