Toledo City of Legends

Toledo is a magical city, narcotic, night owl, Bohemian ... This is the hidden face behind the walls. The love and inspired that Quevedo, El Greco, Becquer, Buñuel, even the master Paco de Lucia, at the time ...

The Legends are living testimony of the great geniuses remember that some of the literature and a few, anonymous history, left in lore, in the clamor of mouth ...

The Legends are undoubtedly a reflection of that dark but attractive enclosing Toledo in its other face.

Legend of Roca Tarpeya

Dice la leyenda...

Cuenta la leyenda que en la época de Rómulo -en la Roma antigua- los romanos se atrincheraron en la fortaleza del Capitolio para resistir el ataque de los sabinos, pueblo que habitaba entre el Tiber y los Apeninos, a pocos kilómetros de Roma. Con lo que no contaban los romanos es que Tarpeya, la joven hija de guardián de la citada fortaleza, Tarpeya, al enamorarse del rey sabino, Tito Tacio, decidió abrirle las puertas de la misma para poderse unir a él.

Los sabinos, gente de honor, no admitían la traición en ningún caso, por lo que tampoco admitían la realizada por un enemigo en su favor. Por ello, nada más pisar la fortaleza del Capitolio mataron a la traidora Tarpeya aplastándola con el peso de sus escudos.

La Leyenda siempre nos proporciona los detalles más maravillosos y de mayor interés de los sucesos, que a veces poco tienen de históricos o verdaderos, por esa razón nos podemos encontrar con que de lo que se cuente pueda haber varias versiones; como de hecho también sucede con los acontecimientos históricos, en función de cómo y quien los interprete. En este sentido, vamos a citar dos versiones más sobre la traición y muerte de la traidora Tarpeya. La primera de ellas es que fueron los mismos romanos, al comprobar la traición, quienes la arrojaron desde una roca ubicada en lo más alto de la fortaleza del Capitolio; roca desde la que despeñaba a los traidores. En el presente, la citada roca todavía es conocida como la Roca Tarpeya.

En la última versión que aún nos resta por citar, el amor de la joven Tarpeya se transforma en avaricia, ya que la hija de Tarpeyo abrió las puertas de la fortaleza a los sabinos a cambio de recibir de éstos los brazaletes de oro que llevaban en el brazo izquierdo. En este caso, la muerte de Tarpeya se produjo al ser aplastada por el peso de los citados brazaletes, al írselos arrojando los invasores según iban entrando en la fortaleza del Capitolio.

A raíz de esta traición, los romanos utilizaron La Roca Tarpeya para despeñar a los condenados por el delito de traición.

Situándonos en Toledo capital, pero discurriendo entre la leyenda y la realidad, nos encontramos con que los romanos -en el primer tercio del siglo IV son dueños de la ciudad- impusieron sus leyes, costumbres y, según los cristianos, su pagana religión. En este sentido, el gobernador de España, Daciano, ordenó poner fuera de la ley y despojar de sus bienes a los cristianos, así como proceder a la destrucción de las iglesias y quemar sus libros sagrados. A todos aquellos que no reconocieron a los dioses romanos se les condujo a las lúgubres mazmorras de la cárcel de la ciudad, situada en el peñasco hoy conocido como la Roca Tarpeya, muy cerca del Paseo del Tránsito. Los que tuvieron la desgracia de ser condenados a muerte eran lanzados, imitando a lo que se hacía en la Roca Tarpeya romana, desde el peñasco al abismo que da al río Tajo, por lo que su muerte era segura.

En este estado de terror, el amor, una vez más hace acto de presencia.

Veámoslo: El carcelero mayor o gobernador de la cárcel toledana, fanático seguidor de la religión romana, era el padre de una bella joven llamada, según las fuentes, Paula u Octavilla, que en secreto había abrazado la fe cristiana y que estaba enamorada de Cleonio, otro joven cristiano.

Encontrándose Paula el 9 de diciembre del año 306 paseando por un patio de la cárcel, se cruza con su amado al ser conducido entre dos filas de soldados romanos al peñasco de la Roca Tarpeya, desde el que, a una señal del fanático carcelero, será lanzado al vacío. El joven Cleonio, en ese fugaz encuentro, consigue entregar a Paula una pequeña cruz que llevaba escondida en la boca. Cruz, que tras ser besada guardó la joven en su seno.

Muerto Cleonio, a la joven Paula le embargó una tremenda tristeza y un profundo dolor que al poco la condujeron a la muerte. Su padre, antes de proceder a sepultarla, encontró entre sus ropajes la pequeña cruz; hallazgo que le hizo ver con toda claridad el motivo por el que la juventud de su hija se había ido marchitando desde la muerte de su amado Cleonio. El carcelero, según cuenta una de las versiones de la leyenda, a raíz de la muerte de su hija se convirtió al cristianismo, siendo posible que el mismo, por ese motivo, llegase a ser despeñado desde la Roca Tarpeya.

Otra versión de la leyenda, después de la muerte de Cleonio, no la hace referencia a la profunda tristeza de Paula, en este caso nos dice que el mismo día de la muerte de Cleonio falleció en una celda de Pretoriano la mártir doncella toledana Leocadia, que con sus dedos dejó grabada la señal de la cruz en las duras paredes de roca de la prisión.

Ya en 1953 el escultor palentino Victorio Macho decidió construir su casa y su taller en la Roca Tarpeya, desde la que, sobre el Tajo, se divisa una impresionante y bella panorámica de una parte de los cigarrales de Toledo. A su muerte legó toda su obra al pueblo español, dejando escrito en su testamento que la misma permaneciese para siempre en la ciudad de Toledo en el museo que lleva su nombre, también conocido como Roca Tarpeya, inaugurado en 1967. Felizmente, se ha pasado del suplicio a la cultura.

Legend of The Kiss

Dice la leyenda...

Corrían los tiempos en que las tropas de Napoleón habían invadido Toledo (1808-1812). Las calles y muchos edificios históricos de la ciudad habían sido tomados por las tropas francesas que, sin ningún tipo de reparo convertían en acuartelamientos iglesias y conventos. Fue precisamente en San Pedro Mártir donde un grupo de soldados vivió una de las historias más escalofriantes que, con toda seguridad, no olvidarían hasta el final de sus días.

Todo sucedía muy avanzada la noche, cuando un capitán y su regimiento de Dragones llegaban estrepitosamente a la plaza de Zocodover. Allí les recibía uno de los soldados encargado de "acomodar" a los recién llegados a la ciudad. Después de los saludos reglamentarios, el joven capitán fue informado sobre el lugar que habían asignado a su tropa. Al saber que se trataba de una convento preguntó si no había otro espacio más adecuado, teniéndose que conformar y aceptar como sede San Pedro Mártir, dado que el Alcázar estaba completo e, incluso, en San Juan de los Reyes los soldados dormían hacinados.

Así las cosas, capitán y regimiento, siguieron a su compatriota hasta llegar al edificio. Una vez en su iglesia, debido al cansancio del viaje, los soldados pronto comenzaron a conciliar el sueño sin tener demasiado en cuenta las estatuas de mármol blanco que se adivinaban bajo la tenue luz de un farolillo y cuyas sombras se perdían en la oscuridad. El joven capitán, sin embargo, se pasó toda la noche en vela y así se lo hizo saber al día siguiente a sus amigos en un encuentro que les reunía por la mañana, otra vez, en Zocodover. Sus compañeros quisieron saber los motivos de su desvelo. El grupo se quedó atónito al conocer que todo era debido a la presencia de una mujer. La sorpresa y, también la carcajada fue mayúscula, cuando a medida que avanzaba la conversación el capitán desveló que se trataba de una estatua. La estatua de una mujer, que por las formas de esculpirla su autor, debió ser una de las mujeres más hermosas de su tiempo. El joven soldado no se cansaba de describir la belleza que desprendía la figura de mármol blanco; incluso, llegó a mostrarse celoso de la estatua de un caballero que acompañaba a la dama y que, según rezaba la inscripción del conjunto escultórico, se trata del mausoleo donde descasaban los restos del cuarto conde de Fuensalida, Pedro López de Ayala y su esposa, Elvira de Castañeda.

Ante tal relato, todos mostraron gran interés por conocer a la "enamorada" del capitán y. sin perder más tiempo, esa misma noche decidieron ir a visitarla par poder disfrutar de tan sublime imagen. La reunión, que también se convirtió en una fiesta de bienvenida al recién llegado regimiento, se prolongó hasta bien entrada la noche. Mientras la mayoría conversaba muy animadamente, por los efectos del vino, el capitán contemplaba absorto a la bella dama sin atender a lo que sucedía a su alrededor. Cuando sus amigos se percataron le llamaron la atención para que brindara con ellos. Sin embargo el capitán cogió una copa y, en su lugar, se dirigió a la estatua del conde agradeciéndole irónicamente que pudiera galantear con su esposa. Acto seguido, lleno de rabia, tomó un sorbo de vino y escupió sobre la figura pétrea de Pedro de Ayala. Sus compañeros, desconcertados ante tal actitud intentaron calmarle viendo que se encontraba fuera de sí por la belleza de una mujer, que al fin y al cago, era sólo de mármol.

El capitán en esos momentos sólo tenía ojos para Elvira de Castañeda y sin poder resistirse a los encantos de una mujer que a él se le antojaba de carne y hueso, intentó acercar sus labios a los fríos labios de la escultura. Solo quería un beso para poder calmar su ansiedad, para tranquilizar una mente confundida que ya no distinguía la realidad y que se había perdido por oscuros laberintos que no le permitían regresar al mundo de los vivos. Quería abrazarla, sentirla.

La locura se apoderó de él hasta tal punto que ninguno de sus compañeros se atrevió a mover un dedo para evitar el desenlace final. Uno de ellos le aconsejó, tímidamente, que dejara en paz a los muertos. Aún sí, el oficial siguió en su empeño y quiso robarle un beso a "su amada". No llegó a conseguirlo.

Justo en ese momento el pesado brazo del conde se levantó cayendo de plano en la cabeza del capitán, que acto seguido se desplomó. Al llegar al suelo sus amigos vieron, perplejos, como sangraba abundantemente por boca y nariz. Nadie se atrevió a mover el cuerpo, el joven capitán había muerto.

Legend of "The Christ of Stabs"

Dice la leyenda...

Corría el desdichado y turbulento reinado de Enrique IV, llamado el Impotente, más por su desacierto y desgobierno que por su supuesta incapacidad para engendrar herederos de la Corona. Castilla arde en constantes luchas entre las distintas familias nobiliarias que se disputan el poder que un rey débil y voluble no sabe ejercer. En Toledo, esta puja de cristianos nuevos o conversos, y la de los Ayala, adalides de los cristianos viejos. La lucha, inevitablemente, estalla y se concentra en torno a la Catedral, cuyos muros quedan salpicados por la sangre de los contendientes.

En una casona del cercano barrio de San Justo, espera una dama junto a la celosía de su habitación. Isabel, nerviosa, aguarda la llegada de su prometido don Diego de Ayala que esta noche acudirá a su lado, aprovechando una corta tregua en los combates. De pronto oye pisadas y ruidos en el portón de entrada a la casa. Alborozada corre pensando encontrar el cálido pecho de Diego pero, al abrir la puerta, unos brazos férreos la sujetan y una mano tosca cubre su boca, ahogando un grito de auxilio y desesperación.

Ajeno a estos acontecimientos, Diego de Ayala atraviesa la plaza de San Justo. Se siente cansado después de la incesante lucha de los últimos días, pero la idea de ver a su querida Isabel de nuevo le proporciona renovadas energías, y ese pensamiento le reconforta al inclinarse ante el rincón que ocupa la figura del Cristo de la Misericordia y santiguarse devotamente. Al incorporarse para seguir su camino, cree oír unos gritos apagados. Azorado, da unos pasos hacia la calle donde vive su amada cuando se da, casi de bruces, con un grupo de enmascarados que doblan la esquina arrastrando a una mujer amordazada que se debate por liberarse de sus raptores.

Indignado y furibundo, Diego desenvaina la espada en defensa de aquella doncella tan vilmente maltratada. Con un certero golpe del pomo de su espada derriba a uno de los sicarios y recata a la dama. Mas, ¡sorpresa la suya! al cogerla por el talle y mirar sus ojos, reconoce la verdadera identidad de la secuestrada. ¡Isabel, su prometida!.

Experto espadachín, se enfrenta Diego, en combate desigual, con aquellos miserables, pero estos, rondando la docena, son demasiado numerosos y le obligan a retroceder sujetando contra sí el cuerpo tembloroso de Isabel. En un intento por abrir las filas enemigas, lanza el caballero un diestro mandoble y logra herir a un adversario, y al caer éste, descubre el rostro del jefe que manda el grupo y que se agazapa cobardemente tras sus sicarios. El de Ayala reconoce los ojos malignos y la sonrisa irónica de Lope de Silva, su más encarnizado rival y que en otros tiempos fue pretendiente de Isabel, siendo rechazado por ésta. Él es el promotor de toda esta infamia, de tan ruin venganza. Desfallecido, Diego baja la guardia un instante, y, entonces nota el frío acero desgarrar sus carnes.

Herido, al límite de su resistencia, apoya sus espaldas en la rinconada de la iglesia de San Justo. Al alzar los ojos, ve, sobre sus cabezas, la figura del Cristo de la Misericordia, alumbrado por una humilde lamparilla y, mientras escucha los ahogados gemidos de su prometida, encomienda sus plegarias al Cielo.

- ¡Dios mío! No por mí, sino por ella. Haz conmigo tu voluntad, Señor, pero salva su vida y honor.

Y en ese supremo momento, abriéronse los muros en un protector abrazo que engulló a don Diego y a Isabel al interior del templo, cerrándose a continuación como si una fuerza fantasmal y poderosa hubiera actuado, invisible a los ojos mortales, en la negrura de la noche. Las piedras al cerrarse también dejaron un muro de silencio y a los secuaces de don Lope inmovilizados como estatuas de hielo blandiendo sus espadas. Pero tan sólo fue un momento de estupor. Aún atónitos y enrabietados, los sicarios descargaron su frustración arremetiendo a tajos y cuchilladas contra las venerables y piadosas piedras. Cegados por el odio dejaron allí la marcha indeleble de sus estocadas y entonces tronó la voz enfurecida de Lope de Silva:

- ¡A la iglesia, allí están! ¡Echad abajo la puerta y acabad con ese maldito don Diego para vengar la sangre de nuestros caídos!

Subiendo en tropel cual jauría cargaron con saña contra las puertas del templo y cedido hubieran éstas si un nuevo hecho sobrenatural no hubiera acontecido. De repente, sin que mano humana las accionase, comenzaron las campanas de la iglesia a tocar a rebato rasgando el silencio nocturno. En pocos instantes se iluminaron todas las ventanas del barrio y salieron de sus casas numerosos vecinos alarmados por el súbito estruendo. Así que vio aquel torrente de gentes armadas que se consagraban en la plaza, dio por perdido su objetivo don Lope de Silva y, con sus esbirros, emprendió tan rápida huida como sus trémulas piernas le permitieron.

Llegados los vecinos al interior del templo, encontraron a Isabel con el rostro bañado en lágrimas, mientras vendaba las heridas de Diego con tiras de tela arrancadas de su camisa. Las campanas seguían doblando con furia y nadie las hacía sonar.

De poco le sirvió a don Lope su apresurada huida, pues poco tiempo después, pacificada ya la ciudad y derrotada su facción, fue apresado y ajusticiado en pago a sus desmanes. Dos meses han pasado y Diego se encuentra de nuevo en el interior del templo en cuyos muros estuvo a punto de acabar su existencia.

Arrodillado frente al altar sus labios no dejan de desgranar rezos y oraciones de agradecimiento a quien él sabe que fue su salvador aquella dramática noche: el Cristo de la Misericordia o, como ya comienzan a llamarle los toledanos, el Cristo de las Cuchilladas. Y a su lado, también arrodillada y orando está Isabel. Su belleza, suavidad y dulzura resplandecen en su inmaculado traje de novia, mientras esperan ambos el momento de unir sus vidas y destinos para siempre.

Legend of The Bitter Well

Dice la leyenda...

Noche tras noche se veían en secreto. Procuraban burlar toda vigilancia que acechara en sus encuentros. Y así estaban juntos; tan sólo la luna era cómplice de sus miradas.

Él, Fernando, había acudido presuroso tras salir de su casa sin ser visto. Aguardaba a que su madre, doña Leonor, comenzara el rezo del santo rosario, como tenía por costumbre al anochecer. Ya los criados de la noble casa también habían empezado a cerrar los portones de las estancias.

Era entonces cuando Fernando emprendía sigilosamente su camino hacia casa de la joven Raquel.

Raquel, la bella Raquel. Su amada Raquel. Hija de un acaudalado judío, vivía casi recluida en su palacete. La rigidez del padre marcaba las normas en la casa. Quizás al hebreo le hubieran llegado rumores. Acaso tuviera noticias sobre cierto joven cristiano. Leví no aceptaría amores prohibidos por la ley y menos admitiría traiciones en su casa. Por eso custodiaba y hacía custodiar las horas de su hija.

Cuando llegaba la noche y todos dormían, Raquel esperaba impaciente tras las verjas de sus habitaciones. Al oír la señal, corría a los jardines que Fernando una vez más había conseguido conquistar. Y allí, de nuevo, se declaraban su amor. Hablarían del futuro y, emocionados, contemplarían su presente juntos. Tal vez dieran gracias a cada uno a su dios por ello. Y con esto eran felices, porque no les pesaban leyes ni personas que pudieran destruir aquellos momentos.

Algo se oyó entre la maleza del jardín. Un crujir de hojas secas rompió el silencio. Fernando y Raquel se miraron sorprendidos. Los dos jóvenes permanecían mudos. Miraron a su alrededor inquietos; todo era calma. Aguardaron no obstante unos segundos: los ojos y los oídos alerta y el corazón agitado....Más el silencio de la noche les reconfortó de nuevo. No se atrevían aún a hablar, pero se sonrieron y ella suspiró aliviada cerrando los ojos de Fernando. Raquel se estremeció; sintió cómo se escurrían de entre sus dedos las manos de su amado. Y vio caer lentamente su cuerpo herido.

A Raquel se le heló la sangre. Fernando yacía muerto en el suelo. Una daga bien empuñada acertaba en su mortal punzada. Alguno de aquellos vigilantes puestos por Leví, había concluido su trabajo. De un certero golpe por la espada, habían dado muerte al joven cristiano.

Quedaba así en la casa de Leví, el honor salvado, la ley intacta y los rumores acallados. Raquel quiso despertar. Pero no era un sueño aquella visión. Estaba contemplando el más crudo horror.

Entonces la amargura se apoderó de ella; como un veneno la invadió. Y en su corazón se hizo la noche. Sentada junto al brocal del pozo del aquel jardín, Raquel pasaba largas jornadas en soledad. Lágrimas de hiel acariciaban su rostro. Brotaban incesables de su alma, y vertían amargas, caudalosas hacia las aguas del pozo que también amargo quedó.

Raquel, la desconsolada Raquel, sólo deseaba llorar eternamente. Con los ojos turbios, atisbó una luz en la profundad el pozo. Era la luz de la luna reflejada. Calló su llanto y se enjugó las lágrimas. Asomada al brocal, creyó ver la imagen de Fernando. Aclaró otra vez sus ojos. Fernando la sonreía y le extendía las manos pidiendo tener las suyas. Raquel no lo dudó. Se abalanzó a fundirse en un abrazo con su amado. Su lloro ya no sería eterno. Si sería eterno ya su abrazo.

Legend of The Man of Wood

Dice la leyenda...

Aquella mañana otoñal, plagada de hojas de olmos y castaños, el bachiller Rui López de Dávalos(abuelo del que llegará a ser Regidor de Toledo) y el damasquinador Bernardino Moreno de Vargas comentaban los pormenores de las fiestas de Esquivias, cuando avistaron a menos de un treintena de pies al relojero del Emperador Carlos V, conocido por todos con el sobrenombre de Juanelo Turriano( en la pila bautismal de Cremona, donde vino al mundo con el siglo, rezaba como Giovanni Torrino), que venía hacia la plazuela donde ambos estaban apostados aprocechando los rayos solariegos de tan bendecida mañana. Lo sorprendente no era ver al ingeniero y matemático italiano caminar por estos lares, ya que de costumbre matutina Juanelo solía dar paseos en compañía de su mozo, Jorge de Diana, donde era agasajado y reverenciado por curia y artesanos, licenciado y mercaderes, cortesanos y pueblo llano; nadie olvidaba que Juanelo y su artificio habían calmado la sed del amurallado y empinado Toledo. No.

Las perplejas miradas del bachiller y del damasquinador de aquel día de mil quinientos sesenta y tantos se centraron en el extraño acompañante, que no era su ayudante Jorge, que caminaba al lado de Juanelo con paso balanceante como si el vino de El Toboso hubiera hecho mella por su temprana y aventurada ingestión.

Cuando el resuello de Juanelo y su enigmático compañero de zancada alcanzaron a Rui y Bernardino, éstos fueron incapaces de pronunciar palabra y saludar al relojero del César como en ellos era castellana costumbre. Quedaron petrificados, embrujados por un no sé qué hechizo, como si huebieran visto a los mismisimos Caballeros de Lucifer cabalgando a lomos de dragones alados. Pero no sólo estos dos toledanos quedaron estupefactos, también el resto de vecinos que en ese momento se hallaban en el lugar no daban crédito a lo que estaban viendo aquella mañana de primeros de noviembre. Algunos, incluso, con rodilla en tierra, invocaron a sus santos de devoción, acogiéndose al Santísimo como máximo protector por que podía pasarles.

Turriano, ajeno a la perpejeidad de sus vecinos, anduvo su camino por la calle estrecha que conducía hasta el Palacio Episcopal, asiendo de vez en cuando a su acompañante por un brazo para que éste no diera de bruces con el suelo. El personaje tan enigmático que había causado el terror, más que la admiración, entre la población no era otra cosa que un autómata de madera que, según los presentes, se movía con tal garbo y destreza que en nada tenía que envidiar a los agüeros que desde el Puente de San Martín al Zoco acarreaban todas las mañanas el agua que refrescaba los gaznates de los curtidores, plateros y alfareros, que a grito pelado vendían en este mercado sus artesanas manufacturas. Al día siguiente, Juanelo Turriano repitió el mismo paseo acompañado de su autómata, y aunque la expectación fue la misma el recelo de la muchedumbre, sin embargo, se convirtió, una vez más, en admiración hacia el ingeniero al que les tenía acostumbrados el relojero italiano de Carlos V. Ese día, si cabe, el autómata de Tuerriano daba zancada más acordes con los andares imperiales, muy de moda en Toledo tras imponerse la iconografía de los reales Alcázares de Sevilla donde Carlos V y el amor de su vida, Isabel de Portugal, habian contraído matrimonio canónico en la lejana y añorada madrugada del día 11 de marzo de 1526.

Fue una mañana histórica, de reconocimiento multitudinario, puesto que la voz se había corrido tanto o más que la pólvora utilizada por el Emperador para poner orden en sus vastos territorios europeos. Cientos de toledanos madrugaron para ver persoalmente el nuevo invento de Juanelo Turriano, y apostados en las calles en filas interminables, como si fueran a presenciar el cortejo procesional del Corpus Christi, esperaron pacientemente a que el relojero saliera de su casa camino del Palacio Episcopal. Incluso representeantes del Santo oficio participaron en este espectáculo por si la inspiración luterana y hereje hubiera poseído al hasta ahora modélico católico y apostólico Juanelo Turriano.

El relojero abandonó su vivienda a la misma hora que solía hacerlo cada mañana, pero para la decepción de todos, Juanelo iba acompañado ese día por su ayudante Jorge de Diana y no por el protagonista que había causado tamaño revuelo y congregado a cientos de toledanos a lo largo de la calle por donde supuestamente caminaría el autómata. Entre la vecindad se alzó una voz, y preguntó a Turriano: "Señor, ¿dónde habéis dejado hoy a vuestro famoso hombre de palo, del que todo Toledo habla y que nos ha reunido a todos aquí?". Juanelo, envuelto en capa de paño segoviano por las tempraneras heladas que presagiaban un duro invierno en la Ciudad Imperial, se dirigió al grupo de donde procedía la interrogante voz, y con palabra pausada e ineludible acento italiano, respondió: "Estén todos ustedes tranquilos que al que llaman hombre de palo, que para mí es sólo un pasatiempo y un juguete, saldrá de mi morada no más tarde de que el sol limpie la escarcha de esta plazuela". Dicho esto, Juanelo y su mozo se dirigieron hacia el Puente de Alcántara para inspeccionar su artificio y comprobar que la compleja y gran noria funcionaba a la perfección y que el suministro de agua al Alcázar era constante y fluido. Allí, en los aledaños de la casa de Juanelo, permanecieron todos, sin que nadie se atreviera a abandonar su privilegiado emplazamiento que le permitiría ver a la estatua moviente.

La dueña de la casa abrió el protón, y ayudando al autómata situarse en ruta, lo acercó con delicadeza al centro de la calle. Acto seguido, el hombre de palo echó su pie derecho hacia delante y comenzó a andar, y después de muchas reverencias y cortesías llegó hasta el Palacio Arzobispal, donde tomó la ración de pan, carne y sal que a Juanelo Turriano correspondía como aparejador de la Catedral, nombrado en su día por el Cardenal Tavera, prelado entonces de esta Diócesis. Una vez depositadas las viandas en un pequeño saco que colgaba a modo de mochila de su hombro hasta alcanzar media espalda, al autómata dio media vuelta sobre sí mismo y recorrió el camino andando, donde el ama le esperaba impaciente. Este paseo del hombre de palo fue del agrado de todos los toledanos, que a partir de ese momento reforzaron, aún más, la convicción de tener entre su vecindario al más insigne y sabio de cuantos científicos vivían en la época.

Fue a partir de entonces cuando la popularidad del italiano traspasó todas las fronteras atribuyéndole nuevos y prodigioso inventos desarrollados en su época milanesa, y que, según los rumores alentados por el populacho, había cuadrado con extremo celo hasta su muertes el Emperador Carlos V para su deleite personal en su retiro de Yuste, donde Juanelo vivió casi recluido en Cuacos en compañía de otros destacados inventores, astrólogos y científicos. Se decía que había construido pájaros que batían las alas y cantaban, y tanta era su naturalidad que había que atarlos para que no se escaparan. Otros aseguraban haber visto varias estatuillas de hombres armados a caballo, que tocaban las trompetas y los tambores. Incluso, su fiel amigo y cronista Ambrosio de Morales describía el modelo que hizo de una "dama de más de una tercia de alto, que puesta sobre una mesa danza por ella al son de un tambor, que ella misma va tocando y da vueltas tornando a donde partió".

El hombre de palo se convirtió así en la atracción preferida por los toledanos, que incluso, venían de los pueblos y de la vecina Madrid para ver in situ al autómata de Juanelo que, puntualmente, unas veces acompañado por su creador, otras en soledad matutina, recorría el camino que distaba entre la casona del sabio italiano y el palacio de la curia toledana, donde los eclesiásticos tenían en el autómata una de sus preferidas diversiones. "sólo le falta hablar", comentaba Saturnino Bellido, santero arzobispal, que era el primero en recibir a la estatua andante antes de que ésta recogiera en su pardo saco las prebendas alimenticias que correspondían a su amo y creador. La popularidad del autómata llevó a los toledanos a renombrar la estrecha calle donde la estatua moviente tenía más dificultades de atravesar, y que antecedía a la plaza donde se hallaba el Palacio Arzobispal, siendo bautizada pro el propio pueblo como Calle del Hombre de Palo.

Así fue como el hombre de palo quedó inmortalizado en la historia milenaria de Toledo, y hoy todavía perdura la calle que lleva su nombre, por donde el autómata, de dos varas de alto y miembros correspondientes, paseó su gracia, unas veces vestido de corto, otras de golilla, pero siempre exhibiendo una cariñosa cortesía que cautivó a los guachos del Toledo que pocos años después perdería la capitalidad del Reino. Tal era la devoción de estos muchachos, tal su querencia con el hombre de palo, que los corros infantiles quisieron dotar a la estatua de vida propia y tratarla como un vecino más del amurallado Toledo, bautizándolo con el nombre de Don Antonio, pero eludiendo dotarlo de apellido no fuera que el árbol genealógico de Giovanni Torriano, a pesar de no estar blasonado, se sintiera herido en su historia ancestral por llamar al hombre de palo Don Antonio Turriano, que como criatura creada por el relojero de Carlos V le debería corresponder.

Legend of The Christ of Skull

Dice la leyenda...

Gustavo Adolfo Bécquer publicó en el periódico "El contemporáneo", los días 16 y 17 de julio de 18623, una leyenda con el título de "El Cristo de la Calavera" de clara ambientación toledana, como lo serían otras suyas. El poeta romántico conocía muy bien Toledo y su historia, como nos señala B. Vidal Revuelta.

En el callejero del año 1778 ya se menciona la existencia de una pequeña plazuela de la "Cruz de la Calavera", cerca de la plaza del Seco y de la cuesta de San Justo. Su nombre procedía de la existencia de una imagen de Cristo crucificado con una calavera a los pies, muy posiblemente de inspiración barroca, que era iluminada por un pequeño farol de aceite.

Esa talla, según J. Porres, probablemente fue mandada retirar por el Ayuntamiento durante la primera guerra carlista, ya entrado el siglo XIX, o bien sufriría daños irreparables con el paso del tiempo, lo que provocó su posterior desaparición. Por su parte J. Moraleda, sitúa su ubicación en la plaza de la Cabeza o de Abdón de Paz, aunque en la fecha en que escribe sus "Cristos...", es decir en 1916, ya había sido "retirado de su sitio". Lo interesante del breve texto de Moraleda es que señala que la escultura "era de poco arte" y que un "episodio amoroso descrito por Bécquer de modo notable le dio notoriedad". No cabe duda de que a lo largo del siglo XIX debió desaparecer esa cruz, que tal vez pudo contemplar Bécquer en sus años de estancia en Toledo. De su existencia da cuenta todavía la toponimia toledana. En el nomenclátor de 1864 aparece una "cuesta de la Calavera", aunque según J. Porres abarcaba el espacio que en la actualidad se denomina como cuesta del Pez. La cruz del Cristo de la Calavera se encontraba en la calle de ese nombre, una vez pasado el callejón del Toro en dirección hacia la cuesta de San Justo.

El ingenio y la fantasía de Bécquer construyeron una leyenda inspirada en la contemplación de ese crucifijo, en su denominación tradicional, en sus conocimientos de historia toledana y en la atracción que todos los románticos sentían por los sucesos medievales. A su talento, y no a la tradición, hay que atribuir posiblemente el origen de la leyenda del Cristo de la Calavera.

A falta de elementos cronológicos precisos puede situarse hacia 1212, poco antes de la batalla de las Navas de Tolosa, o en 1340, en los días que precedieron a la batalla de las Navas de Tolosa, o en 1340, en los días que precedieron a la batalla del Salado. Al menos así lo expone F. Vidal Revuelta. Cuenta Bécquer que el rey castellano había hecho reunir una campaña contra los musulmanes. El día anterior a la partida del ejército se organizó un sarao de despedida en las dependencias del alcázar real que contó con la asistencia de doña Inés de Tordesillas, la más bella de las damas toledanas, pretendida en amores, a pesar de su carácter altivo y desdeñoso, por Alonso de Carillo y Lope de Sandoval, nobles de idéntico origen y cuna.

Los dos caballeros aprovecharon la presencia de doña Inés en una de las estancias para iniciar una "elegante lucha de frases enamoradas" cada vez más crispada. La dama para evitar que desembocara en una situación conflictiva decidió abandonar la sala en la que se encontraba, pero al levantarse se le cayó uno de los guantes, que fue recogido por ambos jóvenes. Todavía sin haber soltado ninguno de los dos el guante, y mientras se acercaba cada vez más gente a contemplar la disputa, apareció el rey que tomó la prenda de las manos de los caballeros y se la entregó a la joven, no sin advertirla antes que tuviera más cuidado la próxima vez. Pero los enamorados no estaban dispuestos a olvidar el lance.

Concluidos los regocijos, y ya pasada la medianoche, Alonso Carillo y Lope de Sandoval se encontraron para acabar la disputa que el rey había interrumpido. Pero ahora sin público, sin la amada y con armas bien distintas. Buscaron un lugar solitario e iluminado para iniciar su duelo. Tras recorrer diversas calles vieron la luz que desprendía un farol junto a una cruz. En ella había una imagen de Cristo crucificado con una calavera a sus pies. Con la ayuda de la débil luz que despendía un farolillo iniciaron el combate, pero nada más chocar los estoques la llama se apagó. Al dejar la lucha, la luz volvió a recuperarse. Lo mismo ocurrió hasta tres veces. Los nobles, llenos de pavor, y tras escuchar una voz misteriosa, comprendieron que Dios no quería permitir ese combate. Y los jóvenes se abrazaron como los buenos amigos que siempre habían sido.

De común acuerdo, y ya despuntando el alba, decidieron visitar a doña Inés para que fuera ella la que eligiera de entre los dos al que debía ocupar su corazón. Pero cual no fue su sorpresa cuando vieron descender del balcón de la dama a otro caballero, su amante. Los dos jóvenes rieron a placer al comprender cuán cerca habían estado de la desgracia y de la muerte por un amor no correspondido. Esa misma mañana los dos amigos desfilaron junto con las tropas que acompañaban al rey hacía la victoria. Inés de Tordesillas al verles percibió en sus rostros que conocían su secreto.

Legend of El Arroyo de la Degollada

Dice la leyenda...

Festejaban aún los cristianos de Toledo la entrada victoriosa de Alfonso VI en la ciudad y vigilaban sus angostas calles patrullas de jinetes y soldados castellanos intentando evitar reyertas, cuando el joven y apuesto capitán leonés Rodrigo de Lara vio en un ajimez a una bellísima morita que miraba embelesada, sin cubrir su rostro, su esbelta figura y las cabriolas de su brioso caballo. Rodrigo quedó hechizado con su insinuante y dulce sonrisa y con la limpia mirada de sus rasgados y negros ojos, pasó dos veces más ante la casa, seguido de su escolta, y desde aquel día no dejó de rondar por aquella calleja con la esperanza de ver a la mocita agarena detrás de una baja celosía.

Zulema o Zahira (que así la han llamado quienes han soñado su nombre o han bebido en las antiguas crónicas) era hija de una hacendado musulmán que se afanaba en buscarle un rico marido. Vivía bajo su severa autoridad y poco sabía de la alegría y bullicio de las calles, ni de los aromas de rosas y jazmines que vendían los perfumistas en el zoco, pero la providencia había puesto a sus servicio una esclava cristianizada que le hablaba de Jesucristo y de la vida de Santa Casilda, y había brotado en su mente un vivo deseo de recibir el bautismo, tomando el nombre de la princesa de su raza que había abrazado la religión del Nazareno.

La fiel sirvienta, que conocía los anhelos de su joven ama, se hizo cómplice del caballero leonés y la reja de Zulema fue testigo de sus frecuentes y secretas visitas y del nacimiento de un romance lleno de ilusiones y de esperanzas.

Zulema habló a su enamorado de sus deseos de hacer cristiana, de llamarse Casilda y de tener a su lado a un hombre capaz de defenderla de la venganza que sufriría por su apostasía. Él le juró respetar su honra y casarse con ella y prepararon la fuga con la ayuda de la esclava. El padre de Zulema estaba ausente. Esperaron la noche, no había luna, las calles estaban desiertas y nadie acechaba desde las azoteas. Era el momento oportuno. Rodrigo aguardó en una esquina cercana. Embozado con su capa, subió a su amada a la grupa de su corcel y partieron a galope con ansias de llegar a la capilla de un castillo cercano, donde esperaba un sacerdote para bautizarla y celebrar las bodas. Al llegar al torreón de la cabeza del puente de Alcántara le dieron el alto los centinelas. El valiente leonés se presentó ante ellos como capitán de las mesnadas; se abrieron los portones a su paso y continuaron la marcha por el camino romano que los conduciría a su feliz destino.

Despuntaba ya el alba y cabalgaban confiados divisando a lo lejos las siluetas de la mezquita mayor y las torres del Alcázar, cuando salieron a su encuentro dos jinetes sarracenos que merodeaban por aquellos parajes. Al ver a una joven ataviada a la usanza musulmana, con pañuelo de fina seda en la cabeza, y los pies y manos alheñados con artísticos dibujos, montada a la grupa del caballo de un cristiano, pensaron que la llevaba cautiva y le increparon. El intrépido caballero no soportó la afrenta, clavó el acicate de su espuela en el flanco de uno de sus potros y trató de escapar emprendiendo una vertiginosa carrera perseguido por los agresores. Al llegar a la vaguada de la vertiente cercana al arroyo se precipitaron por los peñascales y al intentar cruzarlo cayeron a tierra. Los moros los alcanzaron y en la refriega uno de ellos dio un tajo mortal con su cimitarra en el esbelto cuello de Zulema.

La leyenda cuenta que el enamorado capitán no se amedrentó al ver malherida a su amada: sacó su lanza, mató al asesino y obligó a huir a su compañero. Al ver que Zulema tenía aún un soplo de vida se quitó el yelmo y la hizo cristiana con el agua del mismo arroyo, imponiéndole el nombre de Casilda, como ella había deseado. Después tomó su cuerpo inerte en sus brazos, lo puso sobre su corcel y continuó cabalgando...Al llegar frente a la torre de Hierro, que se alzaba próxima al embarcadero de la Virgen del Valle pidió socorro a los guardianes, atravesó el Tajo en la barca de pasaje que se hallaba en el lugar, y siguió la triste y lenta marcha para llevar a su amada a la iglesia mozárabe de San Lucas, donde recibió cristiana sepultura.

Pocos días más tarde tomaba el hábito de novicio en el monasterio cluniacense de San Servando un joven y apuesto caballero llamado Rodrigo de Lara, que no quería vivir en este mundo sin tener a su lado a la mocita de sangre agarena que le había sonreído, un día, desde un ajimez de una casa musulmana; y dicen que el prior le concedía especial licencia para ir a rezar cada tarde a la orilla del arroyo donde había cerrado los ojos por última vez la mora-cristiana que quiso llevar el nombre de Santa Casilda.

Los Toledanos, celosos de sus tradiciones y de sus leyendas, no olvidaron esta bella historia de amor y se asegura que llamaban ya, desde tiempos inmemoriales, "Arroyo de la Degollada" al arroyuelo que baja al río Tajo desde los altos de la Legua y de la Sisla.

Legend of Rose Passion

Dice la leyenda...

De Sara, judía toledana, se cuenta que era hermosísima. Sus dieciséis años, su extraordinaria belleza y ser huérfana de madre, hacían que su padre extremase su cuidado y vigilancia.

Daniel se llamaba el padre. Era artesano engastador de piedras preciosas, arreglador de guarniciones rotas, componedor de cadenas y, en ocasiones, reparador de fayebas, aldabones y un sinfín de útiles, que a fuerza de oficio gozaba del gran favor de vecinos y traficantes, conocedores de su gran habilidad. Influyente en la sociedad local hebrea, a la que pertenecía, entre ellos era muy considerado y respetado; no así por los moradores cristianos de su entorno, que le calificaban de avaro y siniestro, no obstante saberle rico y observarle ceremonioso y sumiso.

Versiones tradicionales llevan la época a períodos correspondientes al siglo XIII o XIV; la leyenda encuadra el domicilio de Daniel y Sara en la Judería Menor, de Toledo, barrio un tanto heterogéneo, pues a él se añadían la parroquia mozárabe de Santa Justa, sus feligreses y también francos y mudéjares. Taller de artesano y vivienda encima, se comunicaban por estrecha escalera de caracol; el titular realizaba sus labores en lóbrego bajo de la casa, avistado su interior por cuantas personas transitaban por la calle, a pesar de la trampilla separadora en horas de luz.

La muchacha padecía vida de reclusión casi continua. Sólo le eran a Sara permitidas excepcionales salidas por necesidades de compras, y ello sin alejarse mucho porque, entre otras razones, tenía a mano numerosos tabucos donde podía adquirir sus objetos deseados cuales cintas, puntillas, agujas, peines y variada especiería; otras veces, sus ausencias obedecían a cumplir determinados encargos del padre.

Con ocasión de estos menesteres, Sara conoció a un joven cristiano, apuesto, honrado y noble de intenciones. Ambos jóvenes llegaron a enamorarse apasionadamente, transcurridos ansiados y espaciados encuentros. El joven empezó a merodear la casa donde vivía la muchacha, la que dentro de su acostumbrado retiro y a través de mínimos huecos de discreta ventana, se daba cita con él para una próxima entrevista.

Judíos que aspiraban a concertar matrimonio con Sara, informaron al padre de la hebrea de las ocultas relaciones mantenida por ésta con el cristiano. De momento, el artesano se resistía a creerlo, pero insistentes murmuraciones que alcanzaron sus oídos y la comprobación que le daba ver a un indeseado frecuentador de su acera elevando la mirada a la ventana del hogar, le convenció de la certeza de cuanto le venían contando.

Fuertemente irritado, se dispuso a impedir tan oprobiosa pretensión de pertinaz deambulador. Transcurrían años en que se acusaba extrema intolerancia entre religiones irreconciliables. El hebreo reunió a sus correligionarios y se confabuló con ellos para proceder a la desaparición criminal del osado amador.

En noche de Viernes Santo, inusitado movimiento se produjo a través del río. Cruzando en barco, hubo trasiego de orilla a orilla de hombres velados sus rostros partiendo desde el arenal del Pasaje hasta los límites de las laderas que bajan desde la Peña del Rey Moro. Ascendiendo por ellas en zig-zag, los desconocidos giraron después hacia la izquierda hasta arribar a una explanada, bien identificada al llegar a su fin, por saber que en su pequeña llanura aún se conservaban muestras de un antiguo templo romano. Los noctámbulos caminadores no eran otros que los compañeros, y él mismo, del desasosegado e intransigente judío dispuesto a salvar su honor y el de su raza.

Por algunos indicios, tuvo Sara la sospecha de la trama urdida. Rápidamente corrió para conjurar la inicua intención, y angustiada siguió los pasos de los perversos vengadores. Tomó los servicios del mismo barquero que haría conducido las anteriores travesías, y de él obtuvo informaciones complementarias por palabras a su vez cogidas al vuelo de los primeros transportados. Subiendo el camino por la parte opuesta a la del embarque, encontró a tiempo a su pretendiente, quien, engañado con trabajos ardiles, marchaba al sitio de cita de ignorado martirio y muerte, de lo que se libró gracias a la valerosa disposición de la joven enamorada.

Está continuó al lugar preparado a fin de increpar a su padre por su indigna y reprobable conducta. El viejo Daniel -aspecto de viejo tenia desde bastante tiempo atrás- inesperadamente vio allí a la que de inmediato se le encargó agria y amenazadora. Él, fuera de sí, la respondió con no menor violencia. Más ella, manifiestamente abominó de su padre y de la fe de los reunidos, confesando, además, que había abrazado la de los cristianos.

Tras nuevas imprecaciones y exhortos para que la conversa se retractara de lo declarado, negado esto el progenitor la retiró el nombre de hija y la entregó a sus amigos para que en ella se consumara el sacrificio que inútilmente estaba preparado para el novio cristiano. Lleno de ira el judío Daniel, cogió y tiró de la cabellera de su hija Sara para ofrecerla en holocausto.

El irreductible artesano estaba altamente exaltado; demoníacos, se complació del desamparo de Sara, y pidió a los verdugos obedientes al Talmud que obrasen con ella lo que siglos antes los antepasados hicieron con Jesús nazareno. Fue crucificada cubierta cabeza con corona de espinas, y, para mayor crueldad, quemada agonizante sobre fogata encendida a sus pies.

Pasados los años, un pastor encontró en el punto del sacrificio una extraña flor, inscritos en sus pétalos los signos del llevado a cabo en Jesucristo. La flor, una rara rosa, fue presentada al Arzobispo regidor de la Archidiócesis, y éste mandó excavar el terreno donde se extrajo, a fin de descubrir el misterio de la planta aparecida. Ahondando, hallaron unos restos, estimados sin discusión pertenecientes a la yacente Sara.

Dieron traslado a los huesos de la hebrea conversa al hoy desaparecido santuario de San Pedro el Verde, sagrado recinto del nuevo enterramiento.

La flor fue denominada desde entonces, y cada una de las de su género,"rosa de pasión".

Legend of The Christ of La Vega

Dice la leyenda...

La leyenda del Cristo de la Vega es sin duda una de las más conocidas por divulgada y leída, no sólo a nivel local sino mundial, gracias a la pluma del insigne escritor José Zorrilla que con gran maestría plasmó en verso esta singular historia de amor, bajo el título:

A buen juez mejor testigo

Toledo era la ciudad de los sueños de Inés de Vargas y Diego Martínez, dos jóvenes amantes que hacían de la oscuridad su cómplice para poder compartir unos momentos de pasión. Cada noche, el joven salía de su casa, recorría estrechos pasadizos y empinadas callejuelas, hasta llegar a un lugar en el que se vislumbraba un punto de luz de un candil procedente de la habitación de Inés que impaciente le esperaba; antes de que los primeros rayos de luz iluminaran las viejas casonas, Diego abandonaba el lecho de su amada. Así, noche tras noche hasta que un desafortunado incidente hizo que las visitas del joven dejaran de prodigarse.

Cierto día tras despedirse de Inés, el joven emprendía su marcha, como de costumbre, deslizándose por el balcón; apenas puso los pies sobre el empedrado suelo, observó entre las sombras la silueta de un hombre que identificó al levantar la vista: se encontraba frente a frente con Iván de Vargas, padre de Inés. Aturdido, salió corriendo sin escuchar los reproches del hidalgo caballero que, encolerizado, instó a Inés a proponer a su mancebo que se casara con ella o jamás volverían a estar juntos. Así se lo hizo saber a Diego quien reaccionó rápidamente ante tales palabras argumentando que en breve partiría a la guerra de Flandes, pero que al cabo de un año volvería y la haría su esposa. Inés quiso hacer más firme la promesa rogándole que lo jurara ante el Cristo de la Vega, replicando él que con sus palabra debía bastar pero si quedaba más satisfecha así lo haría. Juntos se encaminaron hacia la basílica de Santa Leocadia, situada en medio de la vega toledana: traspasaron el umbral y entre gigantescos cipreses llegaron a la capilla en cuyo interior se conserva la imagen del Cristo ante el cual debería realizar su promesa. Se acercaron a Él y guiando ella con ternura las manos del muchacho hasta tocar los pies del crucificado, le preguntó;

-Diego, ¿juras a tu vuelta desposarme?
Contestó el mozo:
-¡Sí, juro!

Y así, los dos juntos, con el semblante alegre y las manos entrelazadas salieron del templo augurándose un futuro feliz y prometedor.

Pero el destino en ese momento no les iba a ser favorecedor y lo que debía de haber sido un corto período de espera se vio inesperadamente prorrogado: el tiempo pasaba, los soldados iban regresando de la guerra pero Diego no volvía.

Tres largos años de interminable espera habían dejado su huella en el bello rostro de Inés, cuya alma no entendía de guerras ni de distancias.

Cada tarde, después de visitar la capilla del Cristo, se dirigía a lo alto del Miradero, atalaya desde donde se podía ver a todo aquel que penetrara en la amurallada ciudad, ya fuera por la Puerta del Cambrón o la de Bisagra. Pero siempre se repetía la misma escena: labriegos trabajando en las huertas de la vega, pescadores lanzando sus cañas a las riberas del tajo...pero su amor seguía sin regresar.

Un buen día, que nada parecía presagiar, un lejano galopar y una densa nube de polvo la hicieron salir de su abstracción y al alzar la cabeza pudo distinguir la silueta de su anhelado Diego. Poco a poco el ecuestre grupo se fue acercando y ella en una veloz carrera salió a su encuentro comprobando que el jinete que iba al frente de siete lanceros y diez peones, era sin lugar a duda Diego Martínez: -¡Diego, eres tú!

Fueron las palabras que salieron de su boca. Él, casi sin inmutarse fingió no conocerla y ante el estupor general siguió su camino.

Inés lanzó al viento un grito desgarrador, se desplomó. ¿Qué sucedía? Había una respuesta a comportamiento tan irracional: de simple soldado, el chico había ascendido a capitán y a su vuelta el rey lo nombró caballero.

Dueño de una nueva posición social, nada quería que le recordara ya a su humilde vida anterior. La chica no se dio por vencida y varias veces acudió en su búsqueda recordándole su juramento mediante ruegos y amenazas, pero él lejos de apiadarse llegaba incluso a despreciarla.

Desesperada y viendo que ya nada surtía efecto se encaminó a exponer su caso al entonces gobernador de Toledo don Pedro Ruiz de Alarcón, quién después de escuchar a los dos sugirió que se le presentara algún testigo. Ante la negativa de ambos, el gobernador dejó marchar al capitán, pero en un último intento desesperado ella imploró:

-¡Llamadle!
-Tengo un testigo a quien nunca faltó verdad ni razón.
-¿Quién?
-Un hombre que de lejos nuestras palabras oyó, mirándonos desde arriba.
-¿Estaba en algún balcón?
-No, que estaba en un suplicio donde ha tiempo que expiró.
-¿Luego es muerto?
-No, que vive.
-Estáis loca ¡vive Dios! ¿Quién fue?
-El Cristo de la Vega a cuya faz perjuró.

Un silencio sepulcral inundó la sala y después de unos instantes de perturbación, jueces y gobernador declararon que no podía haber testigo mejor. Junto todos, acudieron al templo: delante don Pedro de Alarcón, le siguen Iván de Vargas, su hija Inés, escribanos, corchetes, guardias, monjes, hidalgos, mozos y chiquillos.

Cuando semejante tropel de gente llegó, en la vega esperando se hallaba ya, junto a un grupo de curiosos, Diego Martínez con su espada empuñada, sombrero de cuatro lazos de plata y espuelas de oro. Entraron en el claustro y después de encender los cirios rezaron una oración ante la imagen del Cristo, cuya cruz permanecía apoyada en el suelo, situándose a ambos lados los jóvenes y detrás el gobernador con sus jueces y guardias.

El notario se adelantó hacia la imagen, leyó por dos veces la acusación y dirigiéndose al crucificado dijo en voz alta:

-Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas.
¿Juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?

El Cristo bajó su mano derecha y poniéndola sobre los autos, exclamó:

-¡Sí, juró!

Todos los asistentes quedaron impresionados al ver la imagen con la mano desclavada y los labios entreabiertos.

Actualmente, puede verse en esta misma posición la imagen del Cristo de la Vega, que se encuentra en la ermita que ostenta el mismo nombre, antigua basílica de Santa Leocadia de construcción visigoda, donde se celebraron varios concilios y fueron sepultados, además de Santa Leocadia, San Julián, San Eugenio, San Ildefonso, San Eulalio, así como varios prelados y reyes visigodos.

Leyenda de la Piedra o Peña del Rey Moro

Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, jardines miradores donde cada noche paseaba con su amada reflejados en el resplandor lunar.

Corría el año 1083 y reinaba en Toledo Yahia Alkadir, nieto de Al Mamun. Alfonso VI cercaba la ciudad, arrasando las campiñas obligando a que el hambre hiciera rendirse a los musulmanes. Yahia recurrió a la amistad que le unía a Alfonso con su abuelo Al-Mamun ofreciéndole tributos, pero nada de ello hizo ablandar el corazón de Alfonso, que estaba ansioso por recuperar la ciudad que tanto bienestar le había ofrecido.

Yahia viendo que la ciudad en poco sería tomada y él no podría hacer nada, intento que los Taifas de Badajoz y Zaragoza le ayudaran pero estos esfuerzos no dieron frutos ya que el rey de Zaragoza murió antes de llevar a cabo su proyecto de ayuda y el de Badajoz murió tras ser derrotado por las tropas de Alfonso VI. Su única solución fue enviar mensajeros al otro lado del estrecho, al norte de África. Los reyes africanos escucharon la petición y antes de mandar ayuda decidieron enviar un mensajero para evaluar la situación y las necesidades reales, así les seria más fácil a la hora de saber que cantidad de ayuda mandar. La elección recayó sobre el joven guerrero Abul-Walid. Cuando el joven príncipe llegó a Toledo, este fue tratado como un héroe, ya que realmente sería su única salvación. Es por ello   que desde que Abul llegó no pararon de rendirle en su honor fiestas, torneos y grandes alabanzas, pero lo que realmente llamaba la atención del joven no eran las fiestas en su honor si no la joven y bella hermana de Yahia que día tras día ambos iban fijando mas minutos sus miradas en el otro. Así de esa forma los dos jóvenes se fueron conociendo y poco a poco enamorando, todos los días salina por la bella ciudad de Toledo recorriendo sus parajes, jardines, oliendo sus flores, la bella Sobeyha le enseñaba cada rincón de Toledo a cuál más bello, y más bello aún lo hacia tener a Sobeyha al lado.

Los dos jóvenes se enamoraron y cada día que pasaban juntos jamás lo olvidarían ninguno de los dos, Abul aunque enamorado no había olvidado lo que le llevo allí, tendría que volver a África para informar de lo que pasaba en Toledo y lo iba posponiendo hasta que un Día decidió que no podía posponerlo más.
            
La última noche antes de su partida los dos jóvenes se juraron amor eterno, ella le juró que le esperaría hasta que viniera y él le juró que regresaría y esta vez sería para no marcharse mas de su lado.

Mientras Abul se hallaba en África reclutando gente y preparando todo lo necesario para volver a Toledo  en ayuda de su amigo Yahia y con él mas intimo deseo de volver a ver a su amada, Alfonso VI se apoderó de la ciudad, que no pudo resistir por mas tiempo, Yahia tuvo que abandonar la ciudad pero no pudo llevarse a su hermana que había enfermado y al ver la tardanza de su amado, murió de pena. Pero antes de su muerte a un esclavo que desde pequeña le había atendido le dejo un último legado, que le dijera que había muerto pensando en él, pero que no intentara tomar la ciudad que se olvidara de ella y regresara a África.

No había pasado mucho tiempo cuando apareció ante Toledo un numeroso y espectacular ejercito Sarraceno, sin saber que la ciudad se hallaba en manos de los Cristianos, era Abul-Walid que después de resolver graves asuntos y de salir de una grave enfermedad se había repuesto para volver a estar junto a su amada.
         
Al llegar junto a Toledo las malas noticias llegaron a él, la ciudad había sido tomada por los cristianos,  y la peor de las noticias en Esclavo de Sobeyha le trascribía las palabras que había pronunciado su amada antes de morir, Abul se quedo muy triste y lejos de hacer caso a su amada acampo en los alrededores de Toledo, con intención de recuperar aquella ciudad que tantos buenos momentos le habían dado y que daba sepultura a su amada.
 
Los ejércitos de Abul ocuparon los alrededores de Toledo, al otro lado del río, junto  a los ahora llamados cigarrales y Academia de Infantería, y junto a sus generales empezó a estudiar las posibles ofensivas, esto llevo varios días, por las noches  en la peña más alta donde estaban acampados los musulmanes dicen que noche tras noche se veía la figura de Abul, mirando cada calle de Toledo por donde había paseado con su amada. Rápidamente los cristianos empezaron a temer la entrada de Abul ya que los comentarios eran diarios entre los ciudadanos, algunos decían que medía  dos metros, otros que era mas fuerte que un oso y día tras día eran mas los temerosos a los Árabes.

Por esto Ruiz Díaz de Vivar (El Cid)   que se encontraba en Toledo ideo un plan, y así se llevó a cabo. Una noche a favor de la oscuridad y sin que nadie lo esperase, se adelantó a las intenciones enemigas y salió de las murallas de Toledo con un numeroso ejercito, con mucho sigilo ataco a los musulmanes sin que nadie lo esperara, las sombras fueron sus mas firmes aliadas pues los moros llegaron a pelearse entre sí.

A la mañana siguiente, los musulmanes se dieron cuenta de su desastre y lo peor es que encontraron a su rey muerto, su cuerpo estaba cubierto de heridas y una flecha había travesado su corazón. Los árabes se rindieron ante el Cid y este los dejo volver a África, antes de irse a su rey lo enterraron en aquellas peñas, concediéndole el deseo de permanecer eternamente en ese lugar para poder contemplar aunque fuera de lejos la ciudad que acogió a su amada.

Pero la historia no acaba ahí, dicen los Toledanos que las noches de luna, al mirar a las piedras desde Toledo se ve el cuerpo del rey moro subida en la peña observando las calles y torreones de Toledo, por donde paseaba con su amada.

La leyenda del Baño de la Cava

Nadie sabe como murió Florinda, la hija del conde D. Julián, tras el hundimiento del imperio godo en el Guadalete; nadie supo la verdadera historia de amor que unió a esa hermosa mujer con el último rey toledano, Don Rodrigo, a quien siguen las crónicas castigando como culpable de la entrada de los árabes a España.

Pero este torreón solitario, cerca del puente de San Martín, sigue guardando el aspecto triste y nostálgico de aquellos sucesos que llevaron a Florinda la Cava a sumergirse para siempre en las aguas del río.

Don Julián, el gobernador de Ceuta, con su hija Florinda habitaban Toledo invitados por El Rey Rodrigo.

Ésta bellísima mujer acudía todos los días a la caída del sol a bañarse en las aguas del Tajo mientras Don Rodrigo contemplaba su cuerpo virginal desde las murallas de su Al Cazaba, desaparecida hoy de la parte de arriba del actual puente San Martín.

El deseo del monarca se vio cumplido a los pocos días cuando Florinda acepto unirse a sus brazos.

La felicidad embargaba la pareja, pero alguien se encargó de comunicar a Don Julián la deshonra de su hija en las manos del monarca.  
- Mi señor don Julián, traigo una noticia aterradora para vos – le comenta al gobernador ceutí un fiel suyo, y añade – Vuestra hija Florinda está siendo observada mientras se baña en el río por alguien de vuestra confianza.  
- ¿Quién es ese desgraciado que se atreve con ese semejante hecho? – le pregunta el gobernador furioso.
- El mismísimo rey, mi señor – le responde el sirviente.
- ¿Don Rodrigo?, ¡ no puedo creerlo !..., he de averiguarlo yo mismo y, si es cierto, mi venganza será terrible.

El gobernador de Ceuta montó en cólera y decidió vengar su honor ayudando a los musulmanes a entrar a la península. Y, efectivamente, los árabes poco después derrotaron a rey Rodrigo en Guadalete.  

Los hechos son estos pero ¿qué fue de los personajes de esta historia?.

Don Rodrigo, después de sufrir una depresión terrible, murió transformado en ermitaño; Don Julián y sus aliados fueron muertos por los mismos árabes, y Florinda, la bella Florinda, loca de dolor y de vergüenza, vino a terminar sus días en este mismo torreón, mudo testigo de estos hechos.  

Poco tiempo después de esto, los habitantes de esta zona junto a la Puerta del Cambrón y a San Juan de los Reyes, comentaban con terror la aparición de una mujer loca y desmelenada que recorría la orilla del río, gritando a veces y murmurando palabras sin sentido. Muchos intentaron pedirle explicación pero ella huía, sin que nadie pudiera seguirla.

¿Era la bella Florinda?. ¿Era un espectro, o un ser humano?. ¿Era real esta mujer o sólo fruto de la imaginación?. Preguntas que dieron muchas leyendas. Pero aquella mujer no quería ver a nadie, sólo parecía querer vivir en la sombra hasta que desapareció y nadie volvió a verla.  

Años después, un hecho extraño vuelve a revivir estos acontecimientos.

En pie sobre el torreón, cuando la tempestad envolvía la ciudad, aparecía una figura sin vida, con el cabello suelto al aire, volviendo su triste mirada a todas partes.

Algunos fieles acudieron al valle, para buscar remedio para ese mal, a un viejo ermitaño, que se acercó una noche a este lugar y al que, tras muchas oraciones, se le apareció la figura que le describieron los testigos.

- En nombre de Dios, el misericordioso y todopoderoso, ¿quién eres, alma en pena y qué buscas cada noche en estos parajes? -le manifestó el ermitaño a la figura, mientras procedía a realizar su rito.

De repente, la mujer se llenó de vida aquella noche y le dijo con una voz agonizada:  

- “Yo soy Florinda la maldita, Florinda la Cava, la hija impura del conde D. Julián. Cuando supe que España era, por mi crimen, esclava de los hijos de Mahoma, una voz interior se alzó en lo más profundo de mi alma, mandándome venir, sin tregua ni descanso, a este lugar de mis culpas, a buscar mi honor perdido en el Tajo. Perdí la razón, pero no lo bastante para dejar de oír esta voz acusadora; mi vergüenza y mi dolor me mataron; aquí, en este sitio, testigo de mis torpes placeres, yace insepulto mi cuerpo; mi alma aparece todas las noches, en penitencia para llorar eternamente mi falta; y evocada por mi llanto, el alma de Rodrigo baja también a llorar la suya a las rotas almenas de su palacio. Bendice en nombre del altísimo este lugar maldito, y mi alma no volverá a aparecer en ellos.”  

Tras un instante, la sombra desapareció en medio de los humos de incienso que habían envuelto el lugar.

El ermitaño bendijo el lugar en nombre de Dios, rezó por las dos almas, y desde aquel día no volvió a verse en Toledo la sombra de Florinda.

Este sitio usa cookies de navegación, que recogen información genérica y anónima, siendo el objetivo último mejorar el funcionamiento de la web. Si continuas navegando, consideramos que aceptas el uso de cookies. Más información sobre las cookies y su uso en POLITICA DE COOKIES